sábado, 8 de febrero de 2014

LA TRIBU DE LAS MUJERES JIRAFA

En algunas aldeas de Birmania y Tailandia existen aún hoy tribus en las que las mujeres adornan su cuello con anillos de latón. Muchos creen que es una forma de alejar a los hombres de otras etnias, atraídos por la extraña apariencia de las mujeres jirafa; otros dicen que esos anillos son un recurso destinado a ahuyentar a los malos espíritus.

           Se colocan anillos a las mujeres de la tribu desde muy temprana edad, alrededor de los cinco años. En la edad adulta, algunas llegan a tener 30 de esos aros en el cuello, equivalente a 13 kilos de metal.

            Esta costumbre es muy antigua y parece haber surgido para evitar que las mujeres acabasen como esclavas. Como media, se coloca un anillo por año. Los anillos constituyen un signo de belleza e identidad de la tribu desde hace muchas generaciones y están rodeados de innumerables mitos.

            En la nación Karen hay bastante diversidad, tanto en las vestimentas comomujeres-jirafa-01 en las costumbres tradicionales. El grupo más visitado se conoce con el nombre de “Long Neck Karen”. Pocos grupos en el mundo ejemplifican como éste el hecho de que la belleza no es un concepto universal. En este grupo, cuando la niña llega a los cinco años de edad, la madre y otras mujeres de la comunidad colocan argollas de bronce alrededor del cuello de la joven, siempre en fase de Luna Llena. A medida que la niña crece, se le van añadiendo otras argollas. Cuando estas mujeres llegan a la edad adulta, parecen tener el cuello sumamente largo, motivo por el cual, en la información turística del país, se las llama “mujeres jirafa”.

Suele plantearse la cuestión de las alteraciones de su estructura ósea. Se dice que el cuello, al alargarse, crea un tejido esponjoso que se forma entre las vértebras debido al espacio abierto por el uso de las argollas. Pero, de acuerdo con exámenes de rayos X realizados para estudiar este fenómeno, las argollas, en realidad, deforman la clavícula y, al presionar el hombro hacia abajo, hacen que el cuello de las mujeres parezca más largo.

Estas mujeres, pues, sufren una lenta deformación del cuerpo para alcanzar un ideal de belleza sólo válido dentro de su comunidad.

Algunas de estas mujeres pueden decidir no usar este collar (y existen algunos casos en los que ello ocurre), pero todo indica que prefieren soportan el dolor a perder su estatus. Al fin y al cabo, cuanto más largo sea el cuello más codiciada será la joven. Ni siquiera se plantean la hipótesis de los daños que esta costumbre puede ocasionar a su salud, pues se trata de una tradición secular.

Cuenta la leyenda que el uso de los collares, antiguamente fabricados en oro, surgió de la necesidad de proteger a las mujeres de los ataques de los felinos, que suelen abalanzarse directamente al cuello de sus víctimas. Se dice también que el adorno serviría para ahuyentar a los malos espíritus. La verdad es que hoy la tradición se mantiene más por razones estéticas y como reclamo turístico que por cualquier otro motivo.

Los collares nunca se tiran, ni siquiera cuando, al morir, se las incinera. Por otro lado, la idea de que librarse de las argollas puede significar la muerte constituye una creencia generalizada.

Muchas de estas mujeres sirven de atracción turística. Y, en presencia de los turistas, tejen alfombras, amamantan a sus hijos, lavan la ropa, se bañan (vestidas con un traje especial para el baño) y hacen artesanía que venderán a los visitantes. Muchas muestran un asomo de enfado, quizá por ser blanco de tantas miradas y porque intentan mantener algo de su privacidad. Pero no se consideran víctimas del mundo moderno; por el contrario, se revelan como excelentes comerciantes. Algunas no aceptan que se les hagan fotos salvo que se haya comprado algún artículo de su puesto de venta. Saben que hoy dependen de los turistas para sobrevivir. Las más jóvenes ya se han habituado a las visitas constantes de extranjeros desde muy pequeñas, a pesar de que muchos defensores de los derechos humanos dicen que forman parte de una especie de “zoo humano”.

Las mujeres jirafa de Myanmar, la antigua Birmania, en el sureste de Asia, son bajas. Caminan dando pasos cortos, como si sus pequeñas piernas estuviesen sujetas por los aros que rodean sus tobillos. También usan muchos brazaletes que cubren sus muñecas. El cuello desproporcionado sostiene una cabeza pequeña, lo que, para los ojos occidentales, constituye algo extraño y al mismo tiempo fascinante.

Ya se conocían mujeres jirafa en el continente africano, pero últimamente ha circulado la noticia de que también era posible encontrarlas en Asia. En la frontera entre Myanmar y Tailandia, las agencias de turismo ofrecen paseos en elefante por la selva para verlas de cerca.

En la biblioteca del Museo Guimet, en París, existen documentos según los cuales algunos etnólogos ingleses ya habrían conocido a mujeres jirafa a finales del siglo XIX. Las informaciones obtenidas en esa época variaban en cuanto a los orígenes del collar y siguen siendo, aún hoy, imprecisas.

El collar podría haber sido un castigo para las mujeres adúlteras o una protección para las campesinas contra los tigres, que se abalanzaban sobre su cuello para beberles la sangre cuando trabajaban en el campo. Pero existen otras interpretaciones: los hombres habrían optado por esa solución para afear el aspecto de sus mujeres evitando así que fuesen raptadas o esclavizadas. Otra versión dice que de esa manera mostrarían su riqueza y harían respetar a su tribu. Hay quien afirma que el collar se destinaba a ahuyentar a las fuerzas sobrenaturales, atrayendo especialmente las buenas vibraciones del cielo y de los dioses.

Estas deformaciones, próximas a la mutilación, podrían volver a las mujeres jirafa tristes, enfermizas y abatidas. Pero quien visita estas tribus afirma que son personas muy alegres. Es sorprendente su vitalidad mientras trabajan en el campo, recogen frutos, criban arroz, cosen y hasta ensayan pasos de danza. Al fin y al cabo, el visitante se siente más incómodo. Las birmanesas se revelan como actrices admirables durante la ceremonia de colocación del primer collar. Este ritual hace pensar en la circuncisión femenina (la ablación), aunque en el caso del collar la mutilación es menos grave.

clip_image002De un modo general, cuando una mujer de la tribu abandona ese hábito, acaba marginada. Pero el collar es fuente de dinero fácil y es raro que ello ocurra. ¿Serán, pues, culpables los turistas de ese retroceso, que tiene algo que ver con la conversión de un ser humano en mercancía? Si ellos les ofrecen dinero, ellas acaban viéndose de algún modo obligadas a “vender” su cuerpo para vivir en un mercado ilusorio que puede perjudicarlas. Viven entre la supervivencia y el placer.

Para algunos nativos, el centro del alma es el cuello. Así, para proteger el alma y la identidad de la tribu, las mujeres siguen protegiendo su cuello con aros, entre 5 y 25, cada uno de ellos de 8,5 mm. de diámetro. Antiguamente se hacían de oro, hoy, hechos de cobre o latón, preservan la identidad de las tribus, pero siguen siendo uno de los grandes misterios de la humanidad. Y a estas extrañas mujeres se las llama así no solo por el tamaño de su cuello, sino también por su andar característico, sumamente altivo, provocado por el uso y el peso del collar, una actitud que no remite a la sensación de sufrimiento o sacrificio.

Según los estudios realizados, quitar los anillos no representaría ningún alivio: después de tantos años aprisionados, los músculos ya no sostienen la cabeza. Sin ellos, el cuello se doblaría e impediría el paso del aire. Las mujeres morirían asfixiadas. Era así como se castigaba en tiempos pasados a las esposas adúlteras.

Nota: Si hay alguna inexactitud, no es culpa mía. Este artículo lo encontré hace mucho tiempo y lo publiqué en un blog que me borraron. Ahora lo he recuperado tal cual y estará, lógicamente, anticuado…

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